Un elefante y una hormiga van por el camino. De repente, la hormiga mira hacia atrás y le dice al elefante: “¿Te das cuenta de la polvareda que estamos levantando?” Eso es lo que parece desprenderse de las palabras del nuevo director del Instituto Cervantes, quien durante muchos años fuera también director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha. Cuando lo entrevistaron por primera vez, recién conocida la decisión del gobierno para este último nombramiento, dijo que quizá habían pensado en él por “la visión de América y de que la enseñanza de la lengua debe estar enriquecida siempre con la visión americana”. ¿La hormiga enriquece al elefante o más bien al revés? Lo sensato habría sido decir que la enseñanza de la lengua debe estar enriquecida también con la visión española. Da la impresión de que no tiene conciencia, desde su eurocentrismo, de que España es un pequeño país de 46 millones de habitantes, donde no se habla un español, sino muchos, y que México es otro, donde lo hablan más de 100 millones, con sus múltiples variedades, y Estados Unidos es otro, donde lo hablan más de 50 millones, y es mil veces más rico que el de España, porque sus variedades no son solo las distintas de cada uno de los países latinoamericanos que aportan hispanohablantes al monstruo, sino que se encuentra expuesto además al frecuente préstamo del inglés, como el castellano de la península lo estuvo durante muchos siglos de convivencia estrecha con el árabe.
No hay nada más democrático que una lengua. Hablamos lo que queremos los hablantes. Nadie nos impone un español. Por eso decimos cosas diferentes a las que decía Cervantes, y no por eso nuestro idioma es peor que el de él. Una Academia o un Instituto están muy bien para mantener la unidad del idioma, normativizarlo y darle la expansión que se merece, del mismo modo que está muy bien que haya policía y jueces que preserven de los malos hábitos sociales. Pero las leyes y las costumbres emanan del pueblo. Y, hoy por hoy, el pueblo hispanohablante es mayoritariamente americano, un elefante de más de 400 millones de usuarios, muchos de ellos insignes, como el premio Nobel propuesto para el cargo de De la Concha, que renunció unos días antes de que este lo aceptara, y la hormiga somos los españoles, que tenemos mucho que aportar, pero desde la perspectiva de la justicia democrática, es decir, como uno más, y no el más grande ni el más importante, aunque sí el más antiguo, de los más de 20 países donde todos nos entendemos, y no por señas.
Chile es un país muy peculiar. Para llegar de este a oeste solo hay que escupir, pero para cruzarlo de norte a sur se necesitan varios días de hacer dedo. Y lo mismo te mueres de calor y de sed, que te empapas o te desintegras del frío. País pequeño, con pocos habitantes, ha tenido hasta un dictador que se sometió a un plebiscito para continuar y lo perdió. Y dejó el poder. Un ejemplo raro en la historia universal de la infamia. Es también el único territorio latinoamericano con dos premios Nobel, y el único de habla española donde lo ha ganado una mujer, Gabriela Mistral, en 1945, la primera figura latinoamericana en asomar las narices a los fastos de la Academia Sueca. Y el único en el que sus cuatro grandes poetas han liderado las principales tendencias literarias del siglo XX. Vicente Huidobro fue el primer escritor vanguardista de América Latina, impulsor del creacionismo; Gabriela Mistral tomó la batuta de la poesía posmodernista escrita por mujeres; Pablo Neruda (el otro premio Nobel) fue no solo el gran poeta americano contemporáneo, sino el que dio alas, como ningún otro, a la poesía amorosa y a la comprometida; por último, Nicanor Parra se sacó de la manga la postrera gran línea de la poesía actual: la antipoesía.
El ultimo fallo del Cervantes ha reconocido, por fin, el magisterio de este cuarto jinete. Un poco tarde, sin duda. En circunstancias normales nunca habría llegado a esta meta, porque muy pocos acarician el centenar de años. ¿Qué habría pasado, por ejemplo, si Lorca hubiera alcanzado esa edad? Los años, pues, son también parte de la condición del personaje. Por eso hay que celebrar con los chilenos este nuevo hito en las letras del cono sur. Parra es un poeta extraordinario, capaz de darte un revés con los nudillos, en pleno rostro, sin que te des cuenta, y dejarte con la sensación de que le debes todo el afecto del mundo. En un poema de 1962, como si no tuviera en cuenta que Félix Rubén García Sarmiento se hizo Rubén Darío en los últimos ochenta del siglo XIX en Chile, y que después vinieron Mistral, Huidobro y Neruda, escribió: “Durante medio siglo/ la poesía fue/ el paraíso del tonto solemne. Hasta que vine yo/ y me instalé con mi montaña rusa./ Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ echando sangre por boca y narices.” No hay nada más delicioso que un hombre que parece indefenso y hasta apocado, suelte una chulería indecente como quien espanta moscas. Terminas por quererlo hasta los huesos y concederle la razón. Su poesía nos ha dado, continuamente, desde hace otro medio siglo, liebre por gato, con su montaña rusa.
Hay un montón de cajas en el salón, con los enseres de la casa. El niño dice: “Papá, ¿por qué nos mudamos?”. El padre: “Porque tu madre necesita más espacio y un lugar más cercano a su trabajo”. Y el niño: “Papá, ¿quién manda en casa, tú o mamá?” Y el padre: “¿Por qué dices eso? En casa mando yo, pero tu madre es la que toma las decisiones. Mamá dice lo que hacemos y yo controlo el mando a distancia”. Esta no es solo una escena genial de una excelente película de Woody Allen, Poderosa Afrodita, una sutileza más de los cientos de ellas esparcidas por toda su cinematografía. Es también una verdad universal. El hombre cree que y la mujer sabe que. Aunque también es verdad que “hay mujeres que van al amor como van al trabajo”, como dijo Sabina, experto en mujeres, lo definitivo es que la fuerza bruta sirve para muy poco, y está en franca desventaja con la inteligencia y la sagacidad felinas y calculadoras del sexo estúpidamente llamado débil.
Me gustaría saber, ahora, qué les dicen las consortes a sus maridos, cuando quedan 11 días para las elecciones. Porque todos los candidatos principales, excepto Rosa Díez (también mujer “diez”, qué pena que no tenga más adeptos, y borre el espectáculo bochornoso de su expartido en los últimos años), son hombretones de pelo en pecho. Daría la mitad de mi reino por ver a Elvira Fernández susurrar a Mariano: “Como le sigas dando bola a Gallardón, en cuatro meses nos barre de la Moncloa”, así como habría dado la otra mitad por haber escuchado a Sonsoles Espinosa, además de sus sustituciones en el coro del Teatro Real, sugerirle a su marido que suavizara el discurso triunfalista sobre el fin de la ETA el día anterior al atentado de la T-4. Y como ya no me quedan mitades de reinos, nada puedo decir sobre lo que daría por saber lo que Pilar Goya resopla al oído de Alfredo Pérez Rubalcaba, pero lo más seguro es que, aunque diera el reino entero, quizá no conseguiría mucha información. Cualquiera le dice nada a don Alfredo. Creo que es la excepción que confirma la regla. En su casa seguro que manda él, mientras doña Pilar investiga en el CSIC y se hace cargo de todas las vicepresidencias que ostenta, que son muchas y de bastante prestigio.
Cuando yo era niño, siempre acudía a mi madre si quería conseguir algo. No es que desconfiara de mi padre, pero yo sabía quién decía lo que habría de hacerse. Luego, con las orejas gachas y cara de Woody Allen deprimido, detrás de las gafas de culo de vaso, mirando al infinito, tumbado en el sofá del psicoanalista, mi padre empuñaba el mando a distancia.